jueves, enero 10, 2008

Batalla por la patente del euro

Interesante noticia publicada en El País.

A pesar de las películas, falsificar billetes no es nada sencillo. Requiere destreza en difícil arte del manejo de tecnología punta y, al cabo, la historia suele terminar con la Interpol y la Europol tras los pasos del falsificador de turno. Aún así, en la eurozona no faltan temerarios. El Banco Central Europeo (BCE) retira anualmente más de medio millón de billetes falsos con la ayuda de las más diversas -y extrañas- tretas: bandas iridiscentes, microtextos, señales magnéticas, impresiones en relieve, señales infrarrojas o incluso motivos holográficos. La lista de ingenios que incorporan los billetes es interminable. Hay de todo, desde hilos de seguridad a marcas de agua que sólo pueden apreciarse a trasluz

Al BCE se le presume incapaz de utilizar estas herramientas sin pagar por la patente. Pero una empresa estadounidense ha presentado demandas en nueve países europeos, incluida España, al considerar que el banco central utiliza su tecnología para detectar billetes falsos. Y lo hace sin pagar un solo euro por los derechos. La batalla judicial se inició en 2005 y promete ser larga y reñida.

La compañía que ha puesto en jaque a los servicios jurídicos del banco que preside el francés Jean-Claude Trichet es Document Security Systems (DSS), una pequeña firma con sede en Rochester (Nueva York) que apenas factura cinco millones de dólares anuales. Un juzgado francés le dio ayer la razón al BCE e invalidó la patente, y otro británico hizo lo mismo hace unos meses, informa Bloomberg. Pero el grupo norteamericano ha ganado donde más duele: en casa del eurobanco. Un juez alemán le dio la razón en marzo de 2007, en una decisión recurrida por el BCE. Y DSS amenaza con seguir pleiteando hasta el final para proteger sus intereses.

"La patente vale en Alemania, de donde creemos que sale el 23% de los billetes que circulan en Europa. Y el BCE tiene que ganar en los nueve países para que la patente no sirva de nada", afirmó ayer Patrick White, presidente y consejero delegado de DSS. La reacción de White es comprensible: los títulos de la compañía en Bolsa se tambalearon ayer después del fallo, y caían casi un 20% a media jornada en Wall Street.

DSS ha apelado a la épica desde el principio. En un gesto genuinamente americano, White explicaba hace tres años las motivaciones de su compañía para iniciar el rosario de juicios por media Europa: "Ralph Wicker [fundador de DSS] murió con la sospecha de que muchos Gobiernos y grandes empresas infringían los derechos de nuestras patentes". Hay también motivos más terrenales en el trasunto de esta historia, y la compañía -nacida hace más de 30 años- asegura en un comunicado que perder los derechos sobre la tecnología "afectaría gravemente al plan de negocio".

El pequeño ejército de abogados del BCE ve de otra manera la decisión tomada por el juez francés. A las demandas de DSS, el BCE contraatacó en 2006 intentando revocar la patente de la compañía norteamericana en los nueve países donde la posee. Ahora empiezan a surgir los resultados de esa política. "La misma patente no es válida para dos juzgados en dos países diferentes, y eso sienta un buen precedente para los juicios aún pedientes", aseguró el letrado que representa al BCE, Wolfgang von Meibom, tras el fallo en Francia. El portavoz del BCE Wiktor Krzyzanowsky se limitó a acoger con agrado la decisión.

El epicentro de la disputa es una fina raya. Una línea. La controvertida tecnología hace que los billetes replicados por copiadoras y escáneres digitales muestren una marca que permite detectar que son falsos. La discrepancia se centra en si esa marca oculta se añadió a los billetes de euro o era parte del diseño original del BCE.

"La compañía propietaria de la patente no pensó en superponer en la imagen de los documentos protegidos una rejilla como la de un escáner, sino que únicamente describió que era posible incluir en esas imágenes trampas en la pantalla a intervalos fijos", escribe Elisabeth Belfort, miembro del grupo de tres jueces que ha decidido sobre el caso en París. La redacción parece obra del propio Jean-Claude Trichet, conocido por el lenguaje imposible que utiliza en las comparecencias sobre tipos de interés de la Unión Económica y Monetaria.

La decisión del juzgado francés empieza a decantar la balanza a favor del BCE, a la espera del siguiente fallo judicial, que llegará en Holanda el próximo mes de febrero. Pero la cosa va para largo. La causa sigue pendiente de juicio en España, Italia, Luxemburgo, Bélgica y Austria. Y en algunos de esos países, la justicia no destaca percisamente por su velocidad